martes, 8 de octubre de 2013

Viejas amistades

Hace una semana estuve por la sierra de Madrid con mi amigo Carlos después de muchos años que no nos veíamos. Nos llevamos 21 años de diferencia, pero eso no impide que siempre hayamos congeniado perfectamente.

Nos conocimos en la carretera, montando en bicicleta cuando yo tenía 18 años, y empezamos a rodar algunos fines de semana. Normalmente nos íbamos los dos solos, porque los recorridos eran tan largos que casi nadie estaba tan chiflado como para unirse a nosotros. Con el paso del tiempo, los estudios, los hijos... perdimos el contacto. De vez en cuando nos encontrábamos en alguna carrera popular, y las últimas veces ya le veía un poco desmejorado. Pensé que era debido a que se sentía mayor y al no estar en plenitud de facultades físicas, como antes, estaría deprimido. En parte era verdad. Hace un año me enteré de que tenía parkinson, entonces ya comprendí por qué estaba así.

Cuando me abrió la puerta de su casa me llevé una gran impresión: estaba muy envejecido, delgado y apagado. Nos alegramos mucho de vernos y estuvimos andando por el campo y recordando viejos tiempos. Me dijo que todavía sale a correr casi a diario, pero la bicicleta ya no la coge hace mucho tiempo porque a veces tiene problemas de equilibrio.

Estuvimos andando más de tres horas y en ningún momento mostró signos de fatiga, se nota que a pesar de su enfermedad todavía mantiene la resistencia que le permitía estar horas sobre la bici subiendo puertos de montaña.


A pesar de su resistencia se le notaba torpe al andar y cuando tenía que hacer algo con las manos. Algo tan sencillo como abrir una botella o la cremallera de la mochila le llevaba bastante tiempo.

Cuando terminamos de andar volvimos a su casa. Estuve un rato con él y su mujer. En un momento en el que él salió de la habitación en la que estábamos, su mujer me dijo en bajo para que él no lo oyese:
-  ¡No sabes cómo se alegró de que le llamases! Estaba tan contento de que no te hubieses olvidado de él...

Me lo pasé bien esa mañana con Carlos, pero después de oir aquello me sentí mucho mejor. ¡Con qué poco podemos hacer felices a las personas que conocemos! Y cuanto nos cuesta muchas veces ese pequeño esfuerzo.

Me despedí de ellos y volví a casa con el propósito de repetir de vez en cuando.