martes, 6 de mayo de 2014

Excursión a la Grieta y al Collado de la Pedriza.

Aunque con un poco de retraso, me pongo a escribir el resumen de la excursión a La Grieta y Collado de la Pedriza, que hicimos el 19 de Abril de 2014.

Llegamos al “aparcamiento” cercano al Canto del Berrueco y dejamos allí los coches, dispuestos a pasar un día tranquilo en plena naturaleza. Allí estábamos todos los aguerridos excursionistas, supervivientes natos” como decía Jaime. Fuimos 10 en total:
Montse, Dani, Inés, Jorge, Jaime, Yo, Merce, Álvaro, Sofía y María.

Empezamos por dirigirnos a la Grieta, a menos de 500 metros de dónde dejamos los coches. El día anterior compré una cuerda para bajar, por si acaso se habían llevado la que había atada a un árbol. Menos mal que tuve esa precaución: la cuerda no estaba, así que utilizamos la mía. Pensé que con 5 metros serviría, pero como el árbol para atarlo estaba un poco retirado, se quedaba un poco corta, así que optamos por la sujeción humana: uno sujetaba la cuerda que ataba al otro extremo al que descendía. La altura no era mucha, el peligro está en que al lado de la bajada hay otra caída de unos 4 metros que es mejor evitar. Así que por si acaso hay algún tropiezo, es mejor ir asegurado.

Bajamos todos. Álvaro estaba preocupado: “Pero papá…si no se queda nadie arriba...¿seguro que vamos a poder salir?” A todos les gustó mucho el sitio. Es bastante curioso, y en verano se debe de estar fresquito allí dentro, porque el sol sólo llega dentro durante unos momentos.

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Grieta 1.

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Grieta 2.

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Grieta 3.

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Grieta 4.

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María sale de la Grieta.

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Álvaro sale de la Grieta.
Después de salir nos encaminamos por la GR-10 hacia el Collado de La Pedriza. Yo recordaba el camino como sencillo, pero en realidad es un poco cansado para cualquiera, y si entre los que van hay niños de menos de 10 años, las preguntas del tipo ¿cuánto queda? ¿todo es así de empinado? etc… son inevitables.

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María y Álvaro en un alto en el camino.
Yo estaba convencido de que la subida acababa antes, y les decía todo convencido: “Ahí delante acaba la subida”. Eso pasó dos veces...al final nadie me creía. A todo esto se unía que Jaime tenía granitos en las piernas como si le hubieran picado los mosquitos, y el pobre, con el cansancio y los granitos no paraba de quejarse.
Merce, cuando quedaba poco para llegar al final de la cuesta, no podía más y se paraba a cada momento,

Por fin llegamos arriba, y la mitad del grupo quería quedarse a la sombra de una rocas. Les dije que más adelante había un sitio mejor, pero me costó que me creyeran...Al final, a regañadientes accedieron a seguir...y llegamos a un sitio mejor en donde comer.
Acabamos nuestras viandas y revisamos los alrededores.
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Arriba del todo.
Había unas vistas muy buenas del Embalse de Santillana y Manzanares el Real. Los chicos estuvieron subiendo por la rocas. María y Jaime cogieron la cuerda y estuvieron subiendo agarrados a ella. Hizo calorcito y el agua se fue acabando. Al final no quedaba casi nada, por lo que algunos decidimos llenar las cantimploras vacías con agua del río ante la mirada reticente de Merce, que como buena farmaceútica siempre está en guardia ante el ataque de bacterias malignas y desgracias intestinales. El razonamiento de Dani me pareció apropiado: “ Yo bebo agua del río ahora y así no paso sed. Si tiene alguna bacteria, ya estaré mañana en casa cagándome. Pero eso será mañana, ahora beberé lo que quiera…”. Yo hice lo mismo, junto con Álvaro y María que bebieron también pero menos, y evitamos la sed y la cagalera, porque no pasó nada de nada. Al fin y al cabo, el nacimiento del río estaba allí al lado, sin ninguna población entre medias. Era casi imposible que el agua estuviera contaminada.

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Embalse de Santillana y Manzanares el Real.
Nos pusimos en marcha para volver porque empezaban a aparecer nubes. La vuelta fue mucho más rápida pero hubo que hacerla con más cuidado, porque había un tramo en el que a la cuesta abajo se sumaba la arena del camino, por lo que los resbalones eran bastante normales. María iba atada a la cuerda delante de mí, así cuando resbalaba, yo tiraba de la cuerda y la caída se evitaba o atenuaba. En una de estas, el que se cayó fui yo y fui a parar encima de Jaime, que pasaba por detrás. El pobre no se quejó del golpe (además ya se había olvidado de las picaduras de mosquitos). Mientras tanto, allá abajo veíamos a Dani y Álvaro que estaban tumbados en una roca, esperando nuestra llegada. Merce y Montse bajaban tranquilamente apoyándose en sus bastones (ojo, no bastones de anciano, sino de excursionista).

Al final llegamos al punto más bajo del recorrido sin ninguna incidencia, donde tomamos un descanso al lado de un riachuelo. Los “intrépidos” saciamos nuestra sed con su agua mientras que los demás pasaban sed. Ya quedaba muy poco para llegar hasta los coches. En el tramo final nos cruzamos con un par de Guardias Forestales, otro de Guardias Civiles y otro de Policía Municipal. No sé si estarían buscando a alguien, pero no creo, porque no nos preguntaron nada.

Por fin llegamos al punto de partida. Cansados, pero satisfechos por el esfuerzo realizado. Seguro que nos acordaremos de esta excursión en el futuro. Sobre todo los más pequeños.

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